Evolución de la bicicleta: Formatos, usos y evolución del formato tándem

La primera mujer en dar la vuelta al mundo en bicicleta lo hizo sola, en 1894, y cambió para siempre la historia del viaje femenino.


En la sexta página del New York Times del 24 de septiembre de 1895, los lectores encontraron un titular que parecía sacado de una novela de aventuras: «La señorita Annie Londonderry llegó a la ciudad por la mañana después de dar la vuelta al mundo en bicicleta». No era ficción. Era la crónica de una hazaña que había durado quince meses, cruzado tres continentes y desafiado, pedalazo a pedalazo, todo lo que el siglo XIX creía imposible para una mujer.


Una ama de casa con tres hijos y ninguna experiencia sobre dos ruedas

Su nombre real era Annie Cohen Kopchovsky. Había nacido en 1870 en Riga, en la actual Letonia, en el seno de una familia judía, y emigró a Estados Unidos de niña. Se casó con Max Kopchovsky en 1888 y tuvo tres hijos con él a lo largo de los cuatro años siguientes. Para completar el cuadro doméstico que la época le asignaba, vivía en Boston y ayudaba a la economía familiar vendiendo espacios publicitarios en periódicos locales.

Pero Annie no encajaba del todo en ese cuadro. «No siempre quise vivir mi vida en casa y tener cada año un bebé», declararía más tarde. Y fue precisamente en uno de esos contactos comerciales donde comenzó todo. Una tarde de comienzos de 1894, dos amigos la retaron: ninguna mujer sería nunca capaz de dar la vuelta al mundo en bicicleta. Ella dijo que sí. Al ver que lo decía en serio, metieron dinero y condiciones de por medio: 5.000 dólares de cada uno si lo lograba, pero en el plazo máximo de quince meses.

El detalle más sorprendente no era la apuesta en sí, sino que Annie nunca había montado en bicicleta.


La salida: Boston, el 25 de junio de 1894

El 25 de junio de 1894, Annie Cohen Kopchovsky inició su travesía en la histórica Casa del Estado de Massachusetts frente a más de quinientos familiares, amigos, curiosos y mujeres sufragistas que se habían acercado a acompañarla. En el acto se pronunciaron varios discursos y consiguió el primer patrocinador: el agua mineral Londonderry Lithia Water, que no solo colocó un cartel sobre la bicicleta, sino que la convirtió en imagen de su campaña y acordó que se cambiara su apellido por el de la marca.

Así nació Annie Londonderry. Con ese nuevo nombre, más fácil de recordar y cargado de resonancias comerciales, partió montada en una de las pocas bicicletas construidas para mujeres de la época, llevaba vestido y una bici de 18 kilos. En la cesta de la bicicleta, apenas una muda de ropa. Y, según cuentan las crónicas, un revólver con la culata de nácar.

Contexto importante: en esa misma época, la prensa médica advertía que pedalear podía provocar en las mujeres depresión, tuberculosis, y hasta una curiosa afección denominada «cara de bicicleta», que generaba ojos saltones y mandíbulas apretadas. Algunos, además, vaticinaban la más temible de las consecuencias: que la silla de la bicicleta mancillara la virtud de las damas.

Annie pedaló de todas formas.


El viaje: de Boston al mundo

Desde Boston partió a Nueva York y luego hacia el oeste, llegando a Chicago a principios de otoño. Agotada de viajar en su bicicleta de veinte kilos y al darse cuenta de que era demasiado tarde para cruzar las llanuras y las montañas del oeste antes del invierno, dio media vuelta y volvió a Nueva York. Allí tomó una decisión que sería también una declaración de principios: cambió la bicicleta por una mucho más ligera, una Sterling de caballero de unos nueve kilos, y también sus faldas por unos pantalones bloomers, también de hombre. Lo que antes era indumentaria femenina obligatoria se convirtió en obstáculo que había que abandonar. Algunos transeúntes llegaron a preguntarse si quien pedaleaba era realmente una mujer.

En noviembre de 1894, cruzó el Atlántico a bordo del vapor SS La Touraine. Annie llegó al puerto de Le Havre el 3 de diciembre de 1894. Topó con la burocracia francesa: su bicicleta fue confiscada y los funcionarios de aduanas se quedaron con todo su dinero. Lejos de rendirse, se las arregló para llegar a Marsella en quince días, ganándose el reconocimiento público por el camino y acumulando nuevos patrocinadores que convertirían su bicicleta en una valla publicitaria rodante.

Desde la costa mediterránea francesa continuó hacia el sur. Pedaleó por el Mediterráneo hasta Egipto, haciendo pequeñas excursiones por el país, y después se dirigió a Jerusalén y a la actual Yemen, antes de embarcarse hacia Colombo y Singapur. En Asia, el itinerario se extendió por Vietnam y China, donde Annie se adentró en los escenarios de la primera guerra sino-japonesa de 1895, recopiló material fotográfico, llevó un diario de campaña y organizó después conferencias a su regreso. De China viajó a Japón.

A todo lo largo del trayecto, Annie no dejó de enviar telegramas a la prensa, relatar sus aventuras a quien quisiera escucharla y embellecer los hechos con una imaginación desbordante. Se habló de una cacería de tigres en la India, de un ataque de hombres encapuchados, de una caída a través de un río helado y de una prisión japonesa. El público adoró cada historia. La prensa, en general, también, aunque algunos periódicos, como el Straits Times de Singapur, la acusaron de pasar más tiempo en el mar que en el sillín.


El regreso y el legado

Tras volver a los Estados Unidos a través de San Francisco, el 23 de marzo de 1895, pedaleó hasta Los Ángeles, y después a El Paso, para después seguir hacia el norte, hacia Denver, a donde llegó el 12 de agosto de 1895. Llegó a Boston el 24 de septiembre, quince meses después de partir.

A su regreso, vestía pantalones y estaba sentada en una bicicleta diseñada para hombres que pesaba la mitad de la que había usado al salir. El contraste entre la imagen de partida y la de llegada era, en sí mismo, un manifiesto.

El periódico New York World, en su edición del 20 de octubre de 1895, describió su aventura como «el viaje más extraordinario jamás emprendido por una mujer». Annie cobró su apuesta y aprovechó la fama para instalarse en Nueva York, donde escribió durante meses grandes artículos para el New York World bajo el nombre de «The New Woman». Su primera crónica comenzaba así: «Soy una periodista y una New Woman (…) si entendemos por ese término que me creo capaz de hacer cualquier cosa que pueda hacer un hombre».


La bicicleta como símbolo de emancipación

El viaje de Annie no puede entenderse sin el contexto más amplio en que se produjo. La década de 1890 fue el momento álgido de la llamada «fiebre de la bicicleta» en Estados Unidos y Europa, coincidiendo con el auge del movimiento sufragista. La bicicleta no era un vehículo neutral: era una herramienta política. Susan B. Anthony, una de las grandes figuras del feminismo norteamericano, lo formuló con claridad en una entrevista de 1896: «La bicicleta ha hecho más para emancipar a las mujeres que nada en el mundo. Me levanto y me regocijo cada vez que veo a una mujer paseando sobre ruedas. Da a la mujer una sensación de libertad e independencia.»

La pedalada desafiaba el corsé, la falda larga y la tutela masculina al mismo tiempo. Permitía desplazarse sola, rápido, sin permiso de nadie. En ese sentido, Annie Londonderry llegó en el momento exacto: la imagen de una mujer casada, madre de tres hijos, cruzando el mundo entera sobre dos ruedas era, simultáneamente, un acto personal y un símbolo colectivo.

Los estudiosos han debatido después si Annie fue realmente feminista o si se sirvió del movimiento con fines más pragmáticos. Peter Zheutlin, biógrafo que investigó en profundidad su historia, la describe como una «feminista por conveniencia»: «No era feminista como Gloria Steinem haciendo campaña por los derechos de la mujer, manifestándose o presentándose en el congreso», pero «lo usó como beneficio personal porque no soportaba las restricciones tradicionales de la época». El matiz importa. Pero que Annie pedaló donde no se suponía que las mujeres podían pedalear, y que lo hizo con una bicicleta de hombre y pantalones de hombre, es un hecho histórico que ningún debate biográfico borra.


El olvido y el redescubrimiento

Cuando su viaje terminó, Annie Londonderry se desvaneció rápidamente en el olvido. Murió en 1947 y para entonces su aventura ya estaba olvidada. Fue precisamente ese largo silencio lo que convirtió su historia en una metáfora doble: la de una mujer que había cruzado el mundo y la de una hazaña que el mundo prefirió no recordar.

La recuperación llegó décadas después, impulsada en gran parte por el trabajo de Peter Zheutlin, cuyo libro Around the World on Two Wheels (2007) rastreó los registros periodísticos y familiares para reconstruir el viaje. Desde entonces, Annie ha sido reivindicada como una de las pioneras del cicloturismo femenino y una figura central en la historia de la movilidad y la autonomía de las mujeres.

Hoy, cuando las cicloviajeras de todo el mundo documentan sus rutas en tiempo real y construyen comunidades enteras en torno al viaje en bicicleta, Annie Londonderry sigue siendo el punto de partida. La mujer que salió de Boston sin saber montar en bici, cruzó tres continentes, inventó su propio nombre y volvió a casa convertida en otra persona.

Sobre Bravas 

Bravas Literatas es un proyecto cultural que rescata, celebra y comparte las historias de mujeres viajeras. A través de nuestros libros, artículos, rutas y experiencias, conectamos pasado y presente para inspirar nuevas formas de viajar.

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